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Grimaldi, El pirata

Bodas Reales - Palacio Grimaldi

Hace algo más de setecientos años, ya había un Rainiero Grimaldi mandando en Mónaco. Se trataba de Rainiero I, que llegó al poder gracias a un engaño concebido por su primo y padrastro, lo que demuestra dos cosas: que hasta las mejores estirpes esconden en su trastienda actos de nobleza cuestionable y que las relaciones familiares liosas no son cosa exclusiva del Mónaco actual. El primo y padrastro en cuestión era Francisco Grimaldi, a quien la Historia recuerda con el revelador sobrenombre de ‘Malizia’: en Nochebuena de 1306, Francisco se vistió de monje y acudió a las puertas de Mónaco, peñón inexpugnable en manos de la familia Spinola. Los centinelas dejaron entrar al inofensivo franciscano, que se reunió con algunos secuaces, estranguló a la guardia y -aprovechando que era el momento en el que toda la población asistía a la misa navideña- franqueó el paso a sus tropas. Dos frailes barbudos, con largos bigotes y espadas en alto, recuerdan en el escudo del principado aquel episodio inaugural de la dinastía.

Unos orígenes tan cercanos a la piratería siempre han pesado entre las casas reales europeas, tan pagadas de su prosapia y su pedigrí. A los Grimaldi se les mira un poco por encima del hombro, aunque nadie lo admita en público. O casi nadie, porque la princesa Michael de Kent, prima política de la Reina de Inglaterra y una de las bocazas oficiales del Reino Unido, describió una vez Mónaco como «un principado de pacotilla» y despreció a Carolina por ser «hija de una estrella de cine, por amor de Dios». En ese distanciamiento de los Grimaldi pesan otros factores: no son ‘altezas reales’, sino solo ‘altezas serenísimas’, y los muy plebeyos han incurrido repetidamente en la zafia costumbre de hacer negocios para ganar dinero. ¡Hasta incluyen en la web oficial del enlace de Alberto las marcas comerciales que colaboran! Aparte, claro, habrá que recordar las exiguas dimensiones de sus dominios: en Mónaco viven unas 36.000 personas, aproximadamente las mismas que en Alhaurín de la Torre o en Tudela, pero su superficie no llega a dos kilómetros cuadrados, 40 veces menos que la localidad malagueña y cien menos que la navarra. Mónaco es un pueblo, atestado y riquísimo, cuyos señores pueden permitirse invitar a todos los vecinos a un bodorrio por todo lo alto.

O quizá sea más bien una empresa que siempre vela por su prosperidad. En la segunda mitad del siglo XIX, Carlos III, el príncipe que decidió perpetuar su nombre al rebautizar un barrio como Montecarlo, impulsó el legendario casino y empezó a atraer a jugadores de los países vecinos. También fue el primero en suprimir impuestos: hoy en día, los residentes de Mónaco están exentos de gravámenes sobre la renta, una circunstancia que resulta magnética para las grandes fortunas, y los ciudadanos monegascos -más o menos la quinta parte del censo- disfrutan de todo tipo de ventajas, aunque, como peculiar contrapartida, tienen prohibido jugar en el casino. Rainiero III, el Rainiero del siglo XX, fue un gran publicista de Mónaco que intensificó su promoción como destino turístico y dio el gran golpe al casarse con Grace Kelly, una estrella hermosísima, perfecta hasta extremos casi absurdos, cuya multimillonaria familia aportó una dote también hermosa, de dos millones de dólares. Aquel matrimonio convirtió a Rainiero en un hombre muy envidiado y situó la monarquía monegasca en el centro del cotilleo mundial, pero no hizo mucho por recortar las distancias entre los Grimaldi y otras familias coronadas.

El bisabuelo de Paris

De hecho, si se repasan las fotografías del casamiento, celebrado en abril de 1956, se echa en falta la habitual galería de rostros regios: justo detrás de la familia del novio se sentó Faruk, el monarca egipcio que había abdicado cuatro años antes, y también se veía a Conrad Hilton, el empresario hotelero, que entonces lucía la coletilla de exmarido de Zsa Zsa Gabor y hoy, póstumamente, la de bisabuelo de Paris. Las familias reales europeas no estuvieron presentes, aunque seguro que muchas no pudieron resistirse a ver la ceremonia por televisión, como otros treinta millones de personas. El brillo lo aportó sobre todo la parte de la novia, con gente de la farándula como Ava Gardner o David Niven. Y la parte más fea fueron los ladrones, que se hicieron con un buen botín a base de joyas de los invitados: hasta el detective estadounidense Frank Cressi, que había sido invitado a la boda en agradecimiento por escoltar a Rainiero durante su visita a Nueva York, tuvo que ponerse a trabajar para aclarar los robos en los hoteles.

Quizá el momento en el que los Grimaldi tuvieron mayor presencia entre sus supuestos pares fue la boda de Carlos de Inglaterra, en la que Gracia de Mónaco ocupó un lugar destacado. Entre Diana y Gracia se había forjado una buena amistad, la camaradería de dos almas náufragas. Cuentan los biógrafos que, en el primer acto oficial de Lady Di como prometida del príncipe, el escote le jugó una mala pasada y dejó al descubierto más piel de la deseada. Gracia, que también estaba presente, la tranquilizó con una mano en la mejilla, una dulce sonrisa y unas palabras de relativo consuelo: «No te preocupes, querida. Ya verás, todo va a ir a peor».

Pero, a partir de la muerte terrible de Gracia en accidente de coche, la imagen pública de la familia real monegasca se convirtió en un poema, un desastre, la vorágine que todos conocemos: los tres matrimonios de Carolina (el primero, con el playboy Philippe Junot, duró solo dos años), las relaciones de Estefanía con guardaespaldas, artistas circenses y demás gremios inesperados (sin olvidar su carrera musical en los 80, que empezó con un sencillo de bastante éxito y acabó en lamentable fracaso) y los hijos secretos de Alberto, que ha reconocido a Alexandre Eric Stéphane y Jazmin Grace Rotolo.

Después de la asombrosa lista de invitados de los duques de Cambridge, un ‘quién es quién’ tan exhaustivo como para incluir al monarca Siaosi Tupou V de Tonga, la boda de Alberto y Charlene Wittstock puede parecer un poco liviana de abolengo. Se cuenta con representantes de las casas reales de Suecia, Dinamarca, Holanda, Bélgica y Catar, aunque las confirmaciones se están llevando con bastante secretismo. De todas formas, existen posibilidades mucho peores que una boda sin reyes: el semanario francés ‘L’Express’ asegura que Charlene Wittstock ha intentado huir a Sudáfrica «sin billete de vuelta», tras descubrir que la vida de su prometido «no es tan ejemplar como imaginaba». El Palacio del Principado lo ha desmentido «formalmente», pero seguro que algunos miembros de otras casas reales han leído la noticia con una altiva sonrisita de suficiencia.

Fuente: www.larioja.com

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